El amarillo arena se esparcía
por todo el ambiente, granitos de tierra bailaban al ritmo del aire. Ese viento
frio rozaba la tierra y levantaba una que otra hoja del otoño gélido. El otoño
ya no era cálido, se había mimetizado con el invierno. Gracias a los “otros” el
mundo era distinto de lo que contaban los antiguos, era una tristeza.
-… y el pobre Jack corrió
escapando de las tierras lejanas. Atravesó por las industrias y por las aldeas.
Nunca dieron con el-hablaba con entusiasmo Calila.
-hasta que el muy idiota cayó
en la tentación, su corazón lo termino-dijo con sorna Lita, que miraba a calila
desde una esquina.
Tenía el pelo oscuro con
mechones canosos, era crespa con ondulaciones perfectas. Pequeña y delgada pero
con una mirada retadora.
-¡no estuviste ahí!- dijo Calila
desafiante. Su audición era perfecta, podía oír cada gravilla que se movía a la
otra esquina del lugar.
-¡tú tampoco!-sonrió con
burla- y por dios, aun crees en esas patrañas. Entiende, ya no eres una niña,
nuestra realidad es esta- estaba recostada al lado de un muro, se giró y miro
la pared dándole la espalda a los demás- es lamentable y triste, pero es lo que
nos tocó vivir.
-¡bueno síguenos contando!-
dijo exaltado Drago, era un joven de 18 años recién cumplido. Era rubio y de
ojos claros, su cuerpo estaba bien trabajado.
-la historia ya termino- dio
una sonrisa falsa y camino hacia una esquina. El comentario la había afectado más
de lo que pensaba.
Se sentó delante de una mesa,
agarro un cepillo cobrizo oxidado al lado del espejo y comenzó a peinarse el
pelo negro azabache, eso siempre la relajaba. Su rostro era hermoso, tenía los pómulos
perfectos, y las medidas perfectas en el cuerpo, aunque el traje plomo que
todos llevaban no lo dejaba relucir. Media un 1,73. Cepillado a
cepillado estudiaba cada extremo de su cuerpo, desde la punta de los dedos de
los pies, hasta el peinado que llevaban sus cejas. Calila era muy vanidosa.
Drago observo como sus
compañeras llenaban sus tiempo con sus mejores pasatiempos, él también tenía el
suyo, el ejercicio. Se giro hacia donde estaba su pequeño gimnasio, comenzó a
practicar flexiones de brazos, sus pectorales estaban bastante trabajados. Se sacó
la parte de arriba del overol dejando a la vista todo su torso marcado, tenía
vellos castaños oscuro en el pecho. Una vista disimulada se clavó en su cuerpo,
lo sentía y le gustaba. Esa típica picazón en la nuca que te avisa cuando te posan la vista encima. Comenzó a
esforzarse con mayor razón, sabía que ojos estaban posicionados en su cuerpo
fornido, solo podía ser ella.
Recorría el peine por todo su
cabello y daba una mirada poco disimulada hacia el único hombre que había visto
en meses, quizás años. Con sus ojos coquetos observaba como su cuerpo se
marcaba mucho más con cada ejercicio. El sudor comenzaba a emanar de los poros
del joven y eso más la excitaba.
Escucho unos pasos a su
espalda, Lita no podía dormir. Había dormido ya dos horas en la mañana, más lo
que acostumbraba hacer de noche. Los pasos se detuvieron y hubo un minuto de
silencio, luego se disipo, fue inundado por jadeos más el sonido de piel contra
piel. Sonidos rápidos y repetitivos, uno que otro quejido. Lita sabía lo que
era, siempre intentaba hacerse la sorda, pero el escándalo traspasaba sus
pensamientos. Solo había un recuerdo inmune a los sonoros movimientos de la
reproducción, era el recuerdo de las tierras libres. Ella no había nacido en la
aldea, ella no había sido hija de esclava, ella había sido parida fuera de la
manos de los otros. El mundo ya era lo suficientemente cruel afuera, para que
los otros lo convirtieran en un infierno. Jadeo tras jadeo las voces comenzaron
a perderse, esa sonoridad fue ocupada por el ambiente de las praderas que
camino cuando era solo una niña. Aunque las memorias rápidamente eran manchadas
del rojo escarlata y pasaban de un rico sueño a una horrible pesadilla. Sus
hermanos habían sido masacrados junto con su madre, por ambiciones de los
otros. Recordaba vivamente, cuando su madre lucho contra los otros, sin armas,
sin trajes, solo con los puños, era buena en ello. Pero no había bastado, la
sangre se esparció en su cara cuando con una especie de tronco plateado le asesto
en la mandíbula, volándole los dientes en el primer intento.
Unas lágrimas brotaron de sus ojos
oscuros y caían por sus mejillas, los jadeos ya habían desaparecido, todo había
desaparecido, solo estaba ella y su recuerdo. Recordaba como su madre se ponía
en pie torpemente, emborrachada por el golpe, pero aun con la valentía de una
madre que ama a sus hijos. El segundo golpe fue el último. Los otros no podían
educar a los salvajes mayores, solo lo hacían con los niños. Dos de sus hermanos
mayores lucharon contra ellos, contaron con la misma suerte de su madre. Su
hermana mayor alcanzo a correr en dirección contraria a la de ella. Egoísta y
con un instinto de sobrevivencia no miro atrás y corrió a los bosques donde
perdió de vista a su hermana y a los otros. Tenía apenas 5 años cuando toda
esta desgracia llego a su hogar.
Un jadeo masculino más fuerte
que los anteriores difumino el sueño que estaba observando. Las respiraciones
dejaron de ser entrecortadas, ahora solo se oía como intentaban recuperar aire.
Lita se movió un poco tratando de encontrar el sueño verdadero, pero no, no podía.
Se levantó lentamente, dándole tiempo a Drago y Calila de cubrirse los cuerpos
sudorosos, sabia de que se trataba todo eso y prefería no observar. Camino
hacia el dispensador de agua que los otros le habían puesto en la pequeña sala
sin techo. Escucho los gorgoteos del agua que se producía en el depósito. Tomo
el vaso de aluminio y bebió un gran sorbo.
-no se cansan con tenernos acá
-pensó- peor aún, no nos dejan morir.
Termino el vaso y volvió a la
esquina, a intentar volver a los recuerdos. Miro a Calila, su peinado ya estaba
desordenado. Observo los dedos de Drago y había uno que otro cabello largo y
liso de la mujer, le gustaba la rudeza,y Calila la disfrutaba. No eran algo
extraño estas situaciones, agradecía que por lo menos esta vez no fuera en
plena noche. Había oportunidades en donde los ruidos se expandían por más de 2
horas, Lita odiaba esas noches de insomnio. Desgraciadamente no era cosa de una
vez por día, a lo mínimo eran tres veces diarias. A veces eran silenciosos,
otras mucho más escandalosos.
Camino a la sombra y se sentó
en posición de loto eh intento volver a sus pensamientos.
-deberías probarlo
enana-estaba acomodándose el cabello desordenado.
Lita la miro con desdeño y
volvió a su trance.
-te sentirías mucho
mejor-dijo un poco cansada.
El rubio miro desde la otra
esquina, levanto una ceja, aun podía para más. Lita negó con la cabeza,
tranquila, no quería discutir.
Una sirena ocupo cada rincón,
en las murallas revoto y luego llego a los tímpanos de cada uno de los
integrantes. Drago se acercó a la ventanilla con apuro, era hora del almuerzo.
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